Si me pidiera alguien que no ha entrado aún en la literatura
africana que le recomendara un título para hacerlo por la puerta grande, no lo
dudaría ni un segundo, Amkullel, el niño fulbe, de Amadou Hampâté Bâ. Por qué.
Puede que porque es una historia contada al estilo occidental, con una gran
riqueza descriptiva, y al mismo tiempo porque de ella emerge, desde la primera
página, la África noble y profunda, la mágica, que se desliza por una senda
tierna de lazos humanos que va transportándote a lo largo de la narración a la
calidez de los márgenes de la Curva del Níger. De hecho, no he querido leerlo
de nuevo para no bajarlo del pedestal en el que está colocado en mi memoria
junto a otros grandes de territorios no occidentales.
Hace unos años escribí esta reseña en un periódico:
Acabo de concluir la segunda lectura de un bellísimo libro.
Se trata de Amkullel, el niño fulbé, de Ahmadou Hampâté Bâ (1900-1991),
traducido y editado por Casa África, en el que el autor describe etapas de su
juventud como si de una enciclopedia resumida sobre la reciente historia y
costumbres de la Curva del Níger se tratase. El volumen se desplaza por
múltiples aspectos de su vida, en los que entrelaza el devenir de los reinos,
imperios y estirpes de la región con relatos que describen con gran
sensibilidad la idiosincrasia africana. Sus líneas mueven al lector por escenas
humanas de una civilización de noblezas, lealtades, integridades, armonías
ancestrales y el gesto compartido de personas de diversas etnias que en su
camino van dejando, aún en medio de las desgracias comunes, la huella de los
muchos valores que Occidente ha perdido definitivamente para ser lo que es hoy.
Reconozco que tenía mucho interés por acercarme al espíritu
de Hampâté Bâ, desde que un día, hace varios años, me lo nombrara un colega de
Senegal para repetirme una de sus frases más celebres, que sugiere que, cuando
un anciano se muere en el continente vecino, una biblioteca arde, o se
extingue; y que viene a representar la desaparición de la sabiduría que
atesoran los mayores como vehículos de la tradición oral heredada a lo largo de
milenios, y que les hace ser respetables y respetados para las sociedades
negras como valor germinal del arraigo de la familia y la comunidad. La esencia
de esa tradición oral no es incompatible con la imprenta ni con los avances
tecnológicos porque está imbricada en la poderosa forma de ser del africano,
incluso cuando escribe.
Por otra parte, la obra de este narrador y etnólogo maliense
se ha convertido en una de las referencia por excelencia de la literatura
africana, pues combina el tesoro de sus vivencias cargadas de africanidad con
la ortodoxia literaria occidental, de tal forma que es posible para el
extranjero entender y sentir en profundidad el encanto y las virtudes de la
historia mítica de la que emanó la humanidad, con cercanía, añoranza y hasta
envidia sana por la felicidad con que, en líneas generales, las comunidades
nativas existen y se vienen sucediendo unas a otras hasta la actualidad.
Las páginas que escribió Hampâte Bâ para describir el
entorno de su niñez emocionan porque surgen de ellas las evidencias de una
manera de vivir y entender la naturaleza que los occidentales recordamos sin
haberlas vivido, de la misma forma que, cuando se pisa África, algo dentro de
nosotros nos reclama como africanos, como si nos reconociéramos debajo de una
pátina de polvo, en una escuelita remota o en algún rincón de cualquier paraje
que creemos recordar desde el territorio de nuestros sueños.
Amkullel, el niño fulbé, es un gran poema en prosa que lleva
aparejada la epopeya del día a día, la ternura inmensa de una mente privilegiada
y el testimonio de múltiples formas de expresar las razones de por qué el
continente cercano es tan diferente. Nos empuja hacia la grandeza que se
esconde debajo del escaparate ñoño, primitivo y descentrado con que los
occidentales solemos percibir la realidad africana y, de camino, nos ayuda a
profundizar en otra forma de entendernos desde una perspectiva paradójicamente
nueva, no sin cierto apego a la fina ironía, a la candidez celebrada y al humor
sereno de quienes no abandonan las tradiciones ni a sí mismos.

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