lunes, 13 de febrero de 2017

Mi recuerdos de Amkullel, el niño de Hampâté Bâ

Si me pidiera alguien que no ha entrado aún en la literatura africana que le recomendara un título para hacerlo por la puerta grande, no lo dudaría ni un segundo, Amkullel, el niño fulbe, de Amadou Hampâté Bâ. Por qué. Puede que porque es una historia contada al estilo occidental, con una gran riqueza descriptiva, y al mismo tiempo porque de ella emerge, desde la primera página, la África noble y profunda, la mágica, que se desliza por una senda tierna de lazos humanos que va transportándote a lo largo de la narración a la calidez de los márgenes de la Curva del Níger. De hecho, no he querido leerlo de nuevo para no bajarlo del pedestal en el que está colocado en mi memoria junto a otros grandes de territorios no occidentales.

Hace unos años escribí esta reseña en un periódico:


Acabo de concluir la segunda lectura de un bellísimo libro. Se trata de Amkullel, el niño fulbé, de Ahmadou Hampâté Bâ (1900-1991), traducido y editado por Casa África, en el que el autor describe etapas de su juventud como si de una enciclopedia resumida sobre la reciente historia y costumbres de la Curva del Níger se tratase. El volumen se desplaza por múltiples aspectos de su vida, en los que entrelaza el devenir de los reinos, imperios y estirpes de la región con relatos que describen con gran sensibilidad la idiosincrasia africana. Sus líneas mueven al lector por escenas humanas de una civilización de noblezas, lealtades, integridades, armonías ancestrales y el gesto compartido de personas de diversas etnias que en su camino van dejando, aún en medio de las desgracias comunes, la huella de los muchos valores que Occidente ha perdido definitivamente para ser lo que es hoy.
Reconozco que tenía mucho interés por acercarme al espíritu de Hampâté Bâ, desde que un día, hace varios años, me lo nombrara un colega de Senegal para repetirme una de sus frases más celebres, que sugiere que, cuando un anciano se muere en el continente vecino, una biblioteca arde, o se extingue; y que viene a representar la desaparición de la sabiduría que atesoran los mayores como vehículos de la tradición oral heredada a lo largo de milenios, y que les hace ser respetables y respetados para las sociedades negras como valor germinal del arraigo de la familia y la comunidad. La esencia de esa tradición oral no es incompatible con la imprenta ni con los avances tecnológicos porque está imbricada en la poderosa forma de ser del africano, incluso cuando escribe.
Por otra parte, la obra de este narrador y etnólogo maliense se ha convertido en una de las referencia por excelencia de la literatura africana, pues combina el tesoro de sus vivencias cargadas de africanidad con la ortodoxia literaria occidental, de tal forma que es posible para el extranjero entender y sentir en profundidad el encanto y las virtudes de la historia mítica de la que emanó la humanidad, con cercanía, añoranza y hasta envidia sana por la felicidad con que, en líneas generales, las comunidades nativas existen y se vienen sucediendo unas a otras hasta la actualidad.
Las páginas que escribió Hampâte Bâ para describir el entorno de su niñez emocionan porque surgen de ellas las evidencias de una manera de vivir y entender la naturaleza que los occidentales recordamos sin haberlas vivido, de la misma forma que, cuando se pisa África, algo dentro de nosotros nos reclama como africanos, como si nos reconociéramos debajo de una pátina de polvo, en una escuelita remota o en algún rincón de cualquier paraje que creemos recordar desde el territorio de nuestros sueños.

Amkullel, el niño fulbé, es un gran poema en prosa que lleva aparejada la epopeya del día a día, la ternura inmensa de una mente privilegiada y el testimonio de múltiples formas de expresar las razones de por qué el continente cercano es tan diferente. Nos empuja hacia la grandeza que se esconde debajo del escaparate ñoño, primitivo y descentrado con que los occidentales solemos percibir la realidad africana y, de camino, nos ayuda a profundizar en otra forma de entendernos desde una perspectiva paradójicamente nueva, no sin cierto apego a la fina ironía, a la candidez celebrada y al humor sereno de quienes no abandonan las tradiciones ni a sí mismos.

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